COSQUÍN: EL ESCENARIO QUE CONSAGRÓ ÍDOLOS Y NUNCA FUE NEUTRAL
El Festival Nacional de Folklore de Cosquín vuelve a quedar en el centro de la discusión pública. Esta vez, no por una consagración artística ni por un récord de público, sino por el eterno debate sobre la política en el escenario mayor del folklore argentino. Una polémica que, lejos de ser nueva, atraviesa la historia misma de la plaza Próspero Molina.
Desde sus primeras ediciones, Cosquín fue mucho más que música. Fue vidriera, tribuna y consagración. Por ese escenario pasaron y se consolidaron figuras que hoy forman parte del ADN cultural del país.
Allí se consagraron artistas como Mercedes Sosa, cuya voz llevó el folklore argentino al mundo y convirtió a Cosquín en una plataforma internacional. También Atahualpa Yupanqui, referente absoluto del canto profundo, y Horacio Guarany, símbolo del folklore popular y comprometido.

Décadas más tarde, el festival volvió a marcar época con nuevas generaciones. Soledad Pastorutti irrumpió en los años 90 con una fuerza inédita, rejuveneciendo al público y revitalizando el folklore desde Cosquín hacia todo el país. Lo mismo ocurrió con Los Nocheros, que desde ese escenario consolidaron un fenómeno masivo que trascendió el género.
La lista es larga: artistas clásicos, populares, innovadores y controversiales. Todos encontraron en Cosquín un espacio que nunca exigió neutralidad, sino identidad.
El folklore y la palabra
A lo largo de su historia, Cosquín fue escenario de canciones que hablaron de injusticias, de pueblos olvidados, de memoria, de trabajo y de país. Pretender que el folklore sea ajeno a la realidad social es desconocer su origen.
En ese contexto, resulta imposible no mencionar a Jorge Cafrune, uno de los grandes cantores populares. Cafrune murió el 1 de febrero de 1978, tras ser atropellado mientras marchaba a caballo rumbo a Yapeyú para homenajear a San Martín. Días antes había cantado en Cosquín temas que no figuraban en el repertorio autorizado por la dictadura. Su muerte, rodeada de irregularidades, fue citada posteriormente en documentos de derechos humanos como un hecho al menos sospechoso.
Hoy, décadas después, su hija Yamila Cafrune volvió a quedar en el centro de la escena, esta vez por las críticas y ataques recibidos en redes sociales tras sus presentaciones. La violencia digital, las descalificaciones personales y los intentos de censura reavivaron una discusión que Cosquín conoce bien.
Una discusión que se repite
La pregunta vuelve cada verano: ¿puede el folklore opinar? La historia de Cosquín responde sola. El festival consagró a artistas que cantaron al amor, pero también a la injusticia, a la memoria y a la identidad nacional.
Cosquín no fue, ni es, un escenario neutro.
Fue cuna de ídolos, espejo del país y espacio de expresión.
Y cada vez que alguien intenta separar el folklore de la realidad, la historia del propio festival se encarga de desmentirlo.
