Una tesis de la antropóloga Silvia Attwood sacó a la luz la silenciosa tarea de los operarios de una planta cloacal de Córdoba, quienes rescatan los restos y fetos que quedan retenidos en las rejas de filtrado para brindarles sepultura y preservar su propia humanidad.
Una impactante investigación antropológica reveló una de las realidades más estremecedoras y silenciosas que se viven en el subsuelo urbano de la provincia de Córdoba. Bajo el título “Por la cloaca va cualquier cosa”, la investigadora Silvia Attwood documentó las experiencias y el ritual que llevan adelante los trabajadores de una planta de tratamiento de efluentes cloacales.
A través de la red de colectoras de la ciudad, las aguas residuales arrastran a diario residuos sólidos de todo tipo, entre los cuales quedan retenidos fetos y restos humanos en los sistemas de rejas de filtrado grueso y fino durante las tareas de mantenimiento y limpieza de maquinaria.
Cómo llegan y el hallazgo en las rejas
Según los testimonios recopilados en el estudio, los operarios identifican dos vías principales de ingreso: los fetos más pequeños suelen ser descartados a través de inodoros, mientras que aquellos con mayor tiempo de gestación habrían sido arrojados de forma directa a la corriente cloacal mediante bocas o tapas de inspección callejeras.
En los relatos se señala que, en determinadas ocasiones, se llegaron a registrar dos o tres hallazgos en una misma jornada laboral.
Un ritual para devolver la dignidad humana
Frente al impacto de estos hallazgos, los trabajadores comenzaron a desarrollar de manera espontánea una verdadera “microcultura funeraria”. En lugar de dejar que los cuerpos continúen el proceso como residuos de desecho, los rescatan, cavan pequeñas fosas en la tierra, confeccionan cruces con cañas y rezan oraciones para darles sepultura.
En un sector en desuso del predio, denominado por los operarios como “las rejas viejas”, se fue conformando a lo largo de los años un pequeño cementerio clandestino. Uno de los testimonios centrales, brindado bajo el seudónimo de “Teófilo” —un empleado con más de cuatro décadas de antigüedad—, asegura haber participado en tantas inhumaciones que la cifra total acumulada a lo largo del tiempo podría alcanzar los “miles”.
Para la investigadora Attwood, el acto de dar entierro trasciende el hecho material: representa un mecanismo de defensa para proteger la propia humanidad de los trabajadores, quienes conviven a diario con los desechos de la sociedad pero se niegan a que esos cuerpos queden reducidos a la condición de basura.
(Fuente: Investigación Silvia Attwood / La Voz)
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