El contador público y dirigente de Río Segundo agotó la primera tirada de su debut literario y prepara una reedición. En una charla a fondo sobre su proceso creativo, explica cómo el fútbol funciona como espejo de los momentos bisagra de la existencia, la búsqueda de disciplina frente a la hoja en blanco y el refugio del arte frente a las tensiones públicas.
Hay instantes donde el tiempo parece detenerse por completo. Doce pasos de distancia, una pelota quieta en el césped y una resolución inapelable: o se abraza la gloria o se asume el desvío. Esa tensión propia de una definición por penales es el eje conceptual que eligió Javier Romero para titular y darle sentido a su primer libro de cuentos, El quinto penal.
Nacido en Córdoba en 1978 y radicado de toda la vida en Río Segundo, Romero convive a diario con múltiples roles: contador público desde hace más de veinte años, exdocente de Economía, exfutbolista, director técnico y referente político en el Concejo Deliberante. Sin embargo, su faceta como narrador —cultivada en silencio desde la niñez— acaba de dar su salto definitivo a la escena pública con un éxito inmediato: la primera tirada de 100 ejemplares se agotó en pocos días y una segunda edición ya está en proceso para salir en los próximos 20 días.
La metáfora de los doce pasos
Para el autor, el título trasciende la crónica deportiva y se convierte en una filosofía sobre el rumbo de la existencia.
«La idea es representar ese momento tan decisivo en una definición futbolística… Representa ese momento decisivo en el que uno tiene que definir cosas tan importantes en la vida, que hacen la analogía a ese momento en la cancha. Patear un penal tiene que ver con decidir qué estudiar, decidir casarse, decidir tener hijos, decidir separarse… Pequeñas decisiones y grandes decisiones que cambian la vida. Todos tuvimos un quinto penal y tuvimos que saber cómo patearlo; a veces lo hemos errado y a veces lo hemos convertido, pero es parte de la vida», explica Romero.

El mandato familiar y el desafío de la disciplina
El hábito de escribir lo acompaña desde los 7 u 8 años de forma catártica, moldeado por un hogar atravesado por la docencia y la música (con una madre maestra, un padre músico y tres hermanas profesoras de música). De hecho, la dedicatoria del libro rinde homenaje a su madre, Dominga Encarnación Menta, recordando una escena de octubre de 1986 donde ella lo impulsaba a leer y escribir para «abrir la cabeza para que te crezca el corazón».
No obstante, transformar el impulso inicial en una obra publicada requirió desarmar viejas costumbres:
«Escribir no solo es talento, iluminación y que venga esa luz… Es mucha disciplina de sentarte a escribir. Y lo que menos tengo yo es disciplina para escribir», confiesa. «Lo que hizo esta editora cuando me comuniqué con ella… es cómo ordenar a escribir un relato por semana, darle un orden, una corrección, una semántica, una sintaxis, un hilo conductor al libro. Escribir es una actividad muy solitaria y a veces uno no está tan solitario».
La literatura como refugio frente a la política
Al comparar la frialdad de los números contables o la aspereza del debate político cotidiano con la recepción de sus historias, Romero encuentra un contraste revelador en la calidez de los lectores:
«Soy contador público y aparte he sido futbolista, he sido técnico de fútbol y en la política… son profesiones que tienen siempre cuestionamientos. El arte, en cambio, la literatura, siempre uno recibe cariño. Uno con su literatura, con su arte, no le va a gustar a todo el mundo, pero al hacerlo con alegría y pasión, uno demuestra la felicidad, lo cuenta, lo relata».
Nuevos proyectos en el horizonte
Con su participación confirmada en ferias del libro y cafés literarios de la región, Romero ya delinea su próximo trabajo narrativo. Lejos de encarar una novela extensa por el momento, continuará explorando el formato del relato corto, con la mira puesta en cómo los errores arbitrales e injusticias deportivas pueden trasladarse como metáfora a los tropiezos y aprendizajes de la vida diaria.